La frontera sur de Estados Unidos está sumida en una crisis humanitaria, como consecuencia de refugiados que huyen de la violencia en América Central, muchos de ellos niños no acompañados, en busca de seguridad. Como cristianos, debemos reconocer la complejidad de esta situación y que significa ser el pueblo de la justicia y la misericordia.

Digo que la situación es compleja debido a que algunos cristianos les gustaría una solución simple. Algunos, al parecer, les gusta escuchar la idea de que algunos viajes misioneros a la frontera aliviarían la crisis. Esto es ignorar la profundidad del problema.

En la actualidad se realizan buenas labores atendiendo necesidades humanas en la frontera, mucho de ese trabajo es realizado por cristianos, pero la crisis continuará hasta que el gobierno de los Estados Unidos intervenga para resolver el problema actual.

A otros cristianos les encantaría aprovechar la crisis para sugerir que la frontera debería hacernos más temerosos de la inmigración y de los inmigrantes. Esto nos muestra, argumentan algunos, que la frontera es porosa y cualquier reforma de nuestro sistema de inmigración conduciría a más niños en peligro.

Pero como señaló el New York Times, estos niños (y sus madres) que huyen de América Central es un problema muy diferente al de los migrantes mexicanos en busca de trabajo y oportunidades. El problema es más parecido a las situaciones que hemos visto en el continente africano, con ‘señores de la guerra’ que se ocupan de la trata de personas. Estos niños y sus familias están huyendo de una violenta guerra contra las drogas que ocurre en sus alrededores.

Por otra parte, es la incoherencia del sistema de inmigración que alimenta el problema, por consiguiente habilitando así a los cárteles y los traficantes. La reforma migratoria no se trata de hacer más fácil la inmigración. Se trata de hacer el sistema coherente. Un sistema que nos permita saber quiénes están aquí legalmente, y que permita una solución para aquellos que están aquí bajo nuestra política “no preguntes, no digas” y así puedan salir de la sombra y hacer las cosas bien.

Como cristianos, nosotros no tenemos que estar de acuerdo en todos los detalles en políticas públicas para estar de acuerdo con que nuestra respuesta debe ser, en primer lugar, una de compasión por aquellos encerrados en centros de detención en la frontera. Estas personas no están buscando el derrocamiento de nuestro gobierno; la mayoría de ellos busca la clase de libertad y oportunidad que han escuchado es característica del proyecto estadounidense.

Al responder a los vulnerables, nuestro mayor obstáculo no es la cuestión de qué hacer. Nuestro mayor obstáculo es el miedo. El samaritano de la parábola de Jesús (Lc. 10:27-37) tiene todas las razones para tener miedo en el camino a Jericó. La presencia de un hombre herido le dice que hay malhechores alrededor, quizás escondidos en las cuevas de alrededor. El miedo, sin embargo, es echado fuera por el amor; el amor no es echado fuera por el miedo.

El samaritano no tiene razones para reclamar la responsabilidad por este vecino aterrorizado. Él lo hace porque trata al extraño, como si fuesen emparentados. El abogado que cuestionaba a Jesús ve con razón esto como un acto de misericordia (Lucas 10:37). Y Jesús simplemente le dice: “Ve, y haz tú lo mismo.”

La situación en la frontera sur es ciertamente aterradora. La seguridad fronteriza es importante para la seguridad física de cualquier nación, y el cuidado de los que huyen del peligro es importante para la integridad moral de las personas.

En esta situación, el evangelio no nos da los detalles de cómo podemos equilibrar simultáneamente la seguridad fronteriza y el respeto por la vida humana. Pero el evangelio sí nos dice que nuestro instinto debería ser uno de compasión hacia los necesitados, no disgusto o enojo.

La crisis fronteriza va a requerir un cuidadoso trabajo de los líderes gubernamentales. Y requerirá una iglesia dispuesta a orar y amar. Nuestra respuesta a la crisis de la frontera no puede ser rápida y fácil. Pero para el pueblo de Dios, nuestra conciencia debe ser informada por un reino más antiguo y más permanente que los Estados Unidos.

Nuestra respuesta no puede ser decir en español: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10:29)

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